
Si no logro decidir, ¿soy indeciso?
el otro nombre de la prudencia
¿Tardas un buen rato hasta en elegir un plato y, ya elegido, te quedas pensando si otro habría sido mejor? Decidir despacio no es falta de voluntad: quizá estás mirando más variables que los demás.
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Viernes por la noche. En el chat grupal de cuatro amigos alguien pregunta: “¿Dónde comemos?”. Tú mandas un “me da igual, lo que sea” y terminan yendo al lugar que eligió otra persona. Ya ahí, vuelves a dudar un buen rato frente a la carta. Pides pasta y, al ver el risotto de la mesa de al lado, te preguntas si no habría sido mejor eso. De regreso a casa te acuerdas de que llevas semanas sin poder elegir entre los dos barrios a los que podrías mudarte el mes que viene, abriendo por turnos las apps de inmuebles.
“¿Por qué soy tan indeciso?”. Pero quien decide despacio suele estar mirando una cosa más que los demás. En este artículo vemos por qué te cuesta decidir a partir de tu manera de ser y de tus dos lados, el yo exterior y el yo interior, y ordenamos una forma de repartir la velocidad según el tamaño de cada decisión.
Decidir despacio es ver más variables
Quien decide con facilidad acota rápido con uno o dos criterios. A quien le cuesta decidir, los criterios se le siguen multiplicando. No se queda en el precio y el sabor: a la balanza suben también si le gustará a quien va contigo, si no se repite con lo que comiste ayer, si no te vas a arrepentir después.
Ver muchas variables es una capacidad. En las decisiones grandes, esa capacidad reduce errores. El problema es sacar la misma balanza para decisiones pequeñas, como qué almorzar. Si usas la misma precisión en todas, el día se te va en puro decidir y te quedas sin energía. La indecisión no es falta de prudencia: se parece más a no saber elegir dónde usar esa prudencia.
Tres matices a los que decidir les cuesta especialmente
Un matiz muy cooperativo. Quien lee primero el ánimo de los demás, al mirar las opciones calcula antes la reacción de los otros que su propio gusto. Como se adelanta el miedo a que el lugar que elija no guste, prefiere pasar la responsabilidad con un “lo que sea”. No es que no pueda decidir: es que no quiere cargar a solas con el peso de la decisión.
Un matiz de amplitud emocional ancha. Quien siente el arrepentimiento con mucha fuerza lo vive por adelantado, antes incluso de elegir. Se imagina con nitidez la escena en la que la opción descartada salía mejor, así que elija lo que elija, siente que pierde. En este matiz también es frecuente quedarse rumiando mucho tiempo, ya decidido, “¿no habría sido mejor lo otro?”. Y encima esa rumiación está inclinada desde el principio. La opción elegida la viviste en carne propia, así que le ves hasta lo que le faltó; la que no elegiste nunca la viviste, así que solo conserva su lado bueno. En esa comparación, elijas lo que elijas, lo elegido suele salir perdiendo.
Un matiz atraído por lo nuevo. Quien tiene mucha curiosidad ve posibilidades nuevas cada vez que mira las opciones. Cuanto más investiga para quedarse con una, más opciones le aparecen. Es como si el gusto por las posibilidades volviera difícil justo la decisión que las cierra.
El yo que dice “lo que sea” y el yo que ya eligió por dentro
Si miras con atención los momentos en que te cuesta decidir, muchas veces tu yo exterior y tu yo interior traen respuestas distintas.
En el chat grupal, tu yo exterior busca la respuesta que le acomode a todos. Por eso escribe “lo que sea”, aunque tu yo interior quizá ya tenía antojo de un gukbap (una sopa caliente con arroz) en ese mismo momento. Cuanta más costumbre tienes de amoldarte hacia afuera, más baja se vuelve la voz de adentro. Y con la voz tan baja, ni tú sabes bien qué quieres, lo que a su vez vuelve más difícil decidir.
En las decisiones grandes aparece la misma estructura. Ante una oferta de trabajo, tu yo exterior sopesa las expectativas de los demás y la estabilidad, mientras que tu yo interior ya tiene el corazón puesto en el trabajo nuevo. Cuando las dos voces se enfrentan con la misma fuerza, la decisión se detiene. En ese momento no hace falta juntar más información, sino escuchar cada voz por separado. Con solo anotar aparte qué criterios vienen de tu yo exterior y cuáles de tu yo interior, la balanza empieza a inclinarse hacia un lado.
Si se trata de cambiar de trabajo, dobla una hoja por la mitad. En un lado anota los criterios fáciles de explicar ante los demás, como el sueldo, el nombre de la empresa o si tus papás se quedarán tranquilos. En el otro, los que te vienen a la mente cuando estás a solas, como si es algo que de verdad quieres aprender o si te daría ilusión salir cada mañana rumbo al trabajo. Qué columna queda más llena, y en cuál escribiste más rápido, te dice dónde estás parado ahora.
Ajusta la velocidad al tamaño de la decisión
No hace falta dedicarle el mismo tiempo a cada decisión. Con solo ver si se puede deshacer y cuánto tiempo va a pesar, las decisiones se dividen más o menos en tres tipos.
| Tipo de decisión | Ejemplo | Tiempo y forma de decidir |
|---|---|---|
| Reversible y de efecto corto | Qué almorzar, qué película ver el fin de semana | En menos de un minuto, por lo primero que te atrajo |
| Reversible pero de efecto largo | Inscribirte a una clase de ejercicio, equipo para un hobby nuevo | En un día, probando primero en pequeño |
| Difícil de revertir y de efecto largo | Cambiar de trabajo, mudarte, un gasto grande | Con fecha límite, anotando criterios y comparando |
Quien se siente indeciso muchas veces les dedica a las decisiones de la primera fila el mismo tiempo que a las de la tercera. Con solo ubicar cada decisión en su fila, el cansancio de decidir que se junta en el día se aligera bastante.
Cinco formas de decidir con menos vaivenes
- En vez de “lo que sea”, reduce a dos opciones. Si dices “me da igual pasta o gukbap, cualquiera de los dos”, le dejas la elección a la otra persona y aun así tu gusto queda dentro. Es un método especialmente ligero para el matiz muy cooperativo. Te sirve para practicar cómo sacar la voz de adentro poco a poco, sin cargar a solas con todo el peso de la decisión.
- Anota los criterios antes que las opciones. Si vas a elegir barrio para mudarte, antes de ver departamentos escribe tres cosas, como “máximo cuarenta minutos al trabajo, un tope de renta, que entre buena luz”. Con los criterios ya fijados, la balanza no se tambalea aunque aparezcan opciones nuevas. Cuanto más atraído por lo nuevo sea tu matiz, más importa este orden.
- Lanza una moneda y observa tu reacción. Si dos opciones están muy parejas, déjaselo a una moneda. No es para obedecer el resultado. Si en el instante en que cae la moneda te sale un “ay, ojalá hubiera salido la otra”, tu yo interior ya tenía la respuesta.
- Ponle fecha de cierre a la decisión. A las decisiones de la tercera fila ponles un día, como “antes de fin de mes”. Darle vueltas a algo sin fecha límite acumula más ansiedad que información. Cuando llegue el día, elige con lo que hayas reunido hasta entonces y no esperes más.
- Deja escrita en una línea la razón de tu elección. El día que decidas, anota el porqué, algo como “con lo que sé ahora, esta opción me deja más cerca del trabajo”. Si más adelante te asalta el “¿no habría sido mejor lo otro?”, relee esa nota. Al confirmar que tu yo de entonces lo pensó bien con la información que tenía, el tiempo que pasas rumiando se acorta.
No lo leas así
- Decidir despacio no significa que te falte determinación. En las decisiones grandes, esa prudencia más bien te protege.
- Usar mucho el “lo que sea” tampoco quiere decir que no tengas opinión propia. Tu voz de adentro solo está tapada un rato por la consideración que tienes con los demás.
- Tampoco es mejor quien decide rápido. La velocidad para decidir es una diferencia de matiz, no de valor.
- Si pasas mucho tiempo con la mente en blanco hasta frente a elecciones mínimas, puede ser señal de un cansancio grande. En ese caso, habla con un profesional.
En resumen
No lograr decidir no es falta de voluntad: es que pones a la vez en la balanza más variables que los demás y dos voces distintas. Si ajustas la velocidad al tamaño de la decisión, anotas primero los criterios y le preguntas primero a tu yo interior, esa misma prudencia se mueve con mucha más ligereza. Si frente a una decisión los pensamientos se te encadenan uno tras otro, lee también Pienso demasiado, ¿es un defecto?; y si no logras elegir por estar pendiente de la reacción de los demás, Me fijo demasiado en lo que piensan los demás.
El test de personalidad gratuito te muestra por separado, en cinco rasgos de personalidad, cómo eres frente a los demás y cómo eres cuando estás a solas. Al ver cómo cambian tu cooperación y tu amplitud emocional entre esos dos lados, descubres ante qué voz se detienen tus decisiones.
Este artículo busca ayudarte a entenderte y no sustituye un diagnóstico ni un tratamiento psicológico.
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