
¿Aplazo todo, soy perezoso?
la verdadera identidad de la procrastinación
Aplazar lo que sabes que tienes que hacer muchas veces no es pereza, sino una forma de evitar la emoción pegada a esa tarea. Aquí ordenamos por qué cumples en el trabajo mientras lo tuyo se atrasa, y qué primer paso conviene según cada emoción.
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Hace tres semanas que sabes que tienes que llamar para sacar una cita médica. Es algo que se resuelve en dos minutos con una llamada, pero cada vez que tomas el celular, por alguna razón terminas abriendo otra app primero. Cada vez que ves esa línea en tu lista de pendientes, el ánimo se te pone un poco más pesado. Y lo más raro es que con el trabajo no te pasa. Los materiales que espera tu jefe los entregas puntualmente antes del plazo, pero lo tuyo se queda atrás semanas enteras.
Por eso terminas reprochándote: “¿por qué soy tan perezoso?”. Pero si de verdad fuera pereza, también aplazarías el trabajo. Aplazar casi siempre es una forma de evitar la emoción incómoda que llega al pensar en esa tarea. En este artículo ordenamos qué emociones provocan el aplazamiento, por qué lo tuyo se atrasa más que lo de afuera, y cuál es el primer paso distinto para cada emoción.
Lo que aplazas no es la tarea, es una emoción
En el momento en que piensas en algo que tienes que hacer, llega una pequeña incomodidad. Puede ser presión, miedo o aburrimiento. Si en ese momento abres el celular o de pronto te pones a limpiar el cuarto, esa incomodidad desaparece un rato. Aplazar es comprar ese alivio pasajero.
El problema es que la cuenta se paga después. La tarea aplazada no desaparece: regresa con la culpa de haberla aplazado encima. La próxima vez que piensas en ella, a la incomodidad original se le suma el reproche, así que dan todavía más ganas de evitarla. Por eso no suele funcionar el “ponte las pilas y hazlo”. Con lo que tienes que lidiar no es con tu voluntad, sino con la emoción pegada a esa tarea.
Mientras la aplazas, la tarea va creciendo en tu cabeza. La llamada al médico que aplazaste tres semanas, cuando por fin la haces, se resuelve en dos minutos. Pero durante esas tres semanas, la llamada que tenías en la cabeza era algo mucho más largo y complicado. Qué le ibas a explicar a quien te contestara, qué harías si no había la fecha que querías: cada vez que lo pensabas se le pegaba una escena nueva. Si lo aplazado se siente más pesado de lo que es, no es porque pese tanto, sino porque mientras lo aplazabas lo fuiste pintando encima con la imaginación.
Por qué cumples en el trabajo pero lo tuyo se atrasa
Esta diferencia seguro no te es extraña. Tu yo exterior cumple los plazos, pero lo que le toca a tu yo interior se sigue atrasando. Cosas como la cita médica, la declaración de impuestos, los papeles de la mudanza o ese proyecto personal que llevas tanto tiempo queriendo empezar.
Las tareas de afuera tienen estructura. Hay alguien esperando, hay un plazo fijo y, si no lo haces, alguien pregunta. Esa estructura aplasta la emoción por ti. Aunque no tengas ganas, el “mi jefe está esperando” te pone en movimiento primero. En cambio, las cosas que tienes que atender por tu cuenta no tienen público. Como nadie te apura, tienes que cargar completamente a solas con la emoción pegada a esa tarea.
Así que cumplir en el trabajo y no poder con lo tuyo no significa que tengas media voluntad. Significa que tu yo exterior se apoya en una estructura de afuera, mientras tu yo interior se enfrenta a la emoción con las manos vacías. Sabiendo esto, también se ve la solución: prestarle a tu yo interior la estructura que usa tu yo exterior.
Qué matiz se atora más en qué emoción
La emoción que provoca el aplazamiento cambia un poco según el matiz.
Un matiz de amplitud emocional ancha. Ante la misma tarea, la incomodidad es más grande. Algo que para otros es solo una lata, para este matiz se vuelve algo que aprieta el pecho. Y las ganas de evitarlo son igual de fuertes.
Un matiz muy cooperativo. Se le atrasan sobre todo las tareas que involucran a otras personas. Pedir un reembolso, escribir para que te devuelvan dinero que prestaste, un correo para decir que no: tareas en las que hay que imaginar la reacción del otro. La tarea en sí se resuelve en cinco minutos, pero se le van días imaginando la cara de la otra persona. A este matiz le funciona mucho mejor escribir primero el mensaje que va a enviar que dividir la tarea en pedacitos.
Un matiz poco organizado. A quien no le sale natural hacer planes y ordenar, el muro más grande es no saber por dónde empezar. Cuanto más borrosa se ve la tarea, menos se anima a tocarla. Eso no es pereza, sino señal de que necesita una herramienta que le parta en pedacitos el primer paso.
Compruébalo tú: un primer paso distinto para cada emoción
Piensa en algo que estés aplazando y busca la primera frase que te viene a la cabeza cuando lo piensas.
| La frase que llega primero | La emoción que evitas | Ejemplo de primer paso |
|---|---|---|
| “Es demasiado grande, ni me animo” | Presión | En vez de escribir el informe, crear un archivo y ponerle solo el título |
| “Total, me va a salir mal” | Miedo a fallar | Escribir diez minutos un borrador que no le vas a mostrar a nadie |
| “¿Para qué tengo que hacer esto?” | Aburrimiento | Poner un álbum que te guste y trabajar solo hasta que termine |
| “¿Por dónde empiezo?” | Desorientación | Escribir el primer movimiento con un verbo, por ejemplo “abrir la carpeta de papeles del año pasado” |
| “Si le escribo, le va a molestar” | Carga en la relación | Dejar escrito el mensaje en dos líneas y mandarlo antes de comer |
Aunque sea el mismo aplazar, si la emoción cambia, la forma de destrabarlo también. A la presión le va bien dividir; a la desorientación, decidir el primer movimiento; y a la carga en la relación, escribir el mensaje por adelantado.
Cuatro cosas para probar en vez de reprocharte
- Primero ponle nombre a la emoción. Junto a la tarea, escribe en una línea “qué es lo que no me gusta al pensar en esto”. Algo como “llamada al médico: me da flojera explicar los síntomas desde el principio”. Con un nombre, ese peso difuso se reduce a una sola incomodidad concreta, y puedes elegir el método que le queda.
- Pídele prestada la estructura a tu yo exterior. Dale público también a lo que atiendes por tu cuenta. Por ejemplo, avisarle a un amigo “el viernes entrego los papeles y te mando la prueba”, o apartar un rato para hacer solo eso en un lugar con más gente, como una cafetería. Agendar en el calendario lo que tienes que hacer a solas como si fuera una reunión funciona igual. Si anotas la hora y la duración, como “sábado 10 de la mañana, impuestos, treinta minutos”, puedes usar en lo tuyo la misma fuerza con la que sacas adelante el trabajo.
- Escribe el primer movimiento en muy pequeño y con un verbo. “Preparar la mudanza” no es una tarea, es un proyecto. Cámbialo por una frase que tus manos puedan hacer de inmediato, como “llamar a la administración del edificio para avisar la fecha de la mudanza”. Si te das permiso de hacer solo ese movimiento y parar ahí, el umbral para empezar baja muchísimo.
- El día que aplazas, en vez de reprocharte, decide solo la próxima hora de inicio. Si hoy tampoco pudiste, en lugar de “¿por qué soy así?” anota solo “mañana a las 10, hasta abrir el archivo” y cierra el tema. El reproche solo le suma una emoción más a esa tarea. Con la próxima hora de inicio ya decidida, esa tarea deja de ser un fracaso y se vuelve una cita agendada.
No lo leas así
- Aplazar no significa que seas una persona perezosa. Al contrario, puede que evites con más fuerza justamente porque eres sensible a las emociones.
- Tener un matiz poco organizado tampoco quiere decir que vayas a aplazar toda la vida. Lo que necesitas no es rehacer tu personalidad, sino una herramienta que te recorte el primer paso.
- Si ya no te animas a tocar ni siquiera lo que antes te gustaba, además de lo que tienes que hacer, puede que se parezca más a quedarte sin energía que a aplazar. En ese caso, lee primero Últimamente todo me da pereza y estoy agotado.
- Si el aplazamiento dura tanto que sacude en serio tu trabajo y tu vida, en vez de intentar resolverlo a solas conviene hablar con un profesional.
En resumen
Aplazar no es pereza, sino una forma de evitar la emoción pegada a una tarea. Si sacas adelante el trabajo pero lo tuyo se atrasa, no es que tengas poca voluntad: es que tu yo interior no tiene estructura. Prueba a ponerle nombre a la emoción, pedirle prestada la estructura a tu yo exterior, escribir en pequeño el primer movimiento y, el día que aplaces, decidir solo la próxima hora de inicio. Si lo que te frena al empezar es el “si no me va a salir perfecto, mejor ni lo hago”, lee también El perfeccionismo, ¿fortaleza o cadena?.
El test de personalidad gratuito te muestra por separado, en cinco rasgos de personalidad, cómo eres frente a los demás y cómo eres cuando estás a solas. Al ver dónde quedan tu amplitud emocional, tu cooperación y tu organización en cada uno de esos dos lados, descubres ante qué emoción te detienes y qué primer paso te va mejor.
Este artículo busca ayudarte a entenderte y no sustituye un diagnóstico ni un tratamiento psicológico.
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