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¿Aplazo todo, soy perezoso? — la verdadera identidad de la procrastinación

¿Aplazas aunque sabes que tienes que hacerlo? Aplazar no es pereza, quizá sea tu mente evitando la emoción que ese asunto despierta.

Lo aplazas una y otra vez aunque sabes perfectamente que tienes que hacerlo. La fecha límite se acerca y solo haces otras cosas; cuando por fin empiezas, te das cuenta de que era algo rápido que llevabas días arrastrando; y mientras tanto te reprochas "¿por qué soy tan perezoso?". Pero aplazar no es pereza. La mayoría de las veces es una conducta para evitar una emoción. En este artículo te aclaro la verdadera identidad de la procrastinación y por dónde empezar a soltarla, en vez de reprocharte.

Aplazar no es pereza, es "evitación emocional"

En psicología se ve la procrastinación no como un problema de gestión del tiempo, sino de regulación emocional. Para evitar la emoción incómoda que aparece al pensar en ese asunto —presión, ansiedad, aburrimiento, miedo a fracasar—, huyes hacia algo que te hace sentir bien ahora mismo.

Por eso, "hazlo y ya con fuerza de voluntad" no suele funcionar. El problema no es la voluntad, sino la emoción pegada a ese asunto. En el momento en que aplazas se suma además la culpa, y caes en un círculo vicioso en el que cuanto más lo aplazas, más pesado se vuelve.

¿Qué emoción provoca el aplazamiento?

Si sabes qué estás evitando, aparece la pista.

  • Presión: el asunto se ve demasiado grande y no te atreves a empezar.
  • Ansiedad por fracasar: "si no lo voy a hacer perfecto…" —el perfeccionismo también se manifiesta como procrastinación.
  • Aburrimiento, falta de sentido: ese asunto no te llama y lo vas dejando para atrás.
  • Ambigüedad: no tienes definido qué ni cómo empezar, y te quedas parado.

Aunque sea el mismo "aplazar", si la raíz es distinta, la forma de soltarlo también lo es. Si es presión, divídelo en trozos; si es ambigüedad, define el primer paso; si es ansiedad por fracasar, fija el estándar de "con un 70% es suficiente".

En vez de reprocharte, suéltalo así

  • Empieza solo 2 minutos: el muro del comienzo es el más alto. Si bajas el umbral con un "voy a tocarlo solo 2 minutos", muchas veces, una vez empezado, sigues de corrido.
  • Divídelo en trozos: "escribir el informe" abruma, pero "decidir solo el título" sí se puede. Reduce el primer trozo a un tamaño manejable.
  • Ponle nombre a la emoción: pregúntate "¿por qué estoy evitando esto?". Si sabes si es presión, miedo o aburrimiento, la huida disminuye.
  • Corta el reproche: culparte por haber aplazado vuelve el asunto más pesado. Reconocer "quería evitarlo" ayuda más a volver a empezar.

Conocer tu fibra reduce la procrastinación

Lo duro de la procrastinación es el reproche de "¿por qué no puedo con esto?". Pero si sabes qué fibra te hace sentir presión y en qué tareas pierdes la motivación, en vez de tacharlo de pereza puedes empezar de la forma que va contigo. Si organizar y planificar es una fibra débil en ti, eso no es un defecto que corregir, sino un área en la que encontrar la estrategia adecuada.

Conoce primero tu personalidad (yo exterior y yo interior) con el test de 1 minuto. Cuando sepas que ese "yo perezoso" era en realidad "yo evitando una emoción", quedará abrochado el primer botón para manejar la procrastinación.

Este artículo busca ayudarte a entenderte y no sustituye un diagnóstico psicológico.


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